domingo, 11 de diciembre de 2011

CERTAMEN RELATOS EN CADENA - SEMANA 10ª - LA FAROLA


Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo, eso, si la farola deja de moverse, pues no se está quieta. Si consigo agarrarla podré llegar a la pensión, que vergüenza la patrona, me va a tener que meter en la cama.
 Ha sido el licor de hierbas, pues estaba muy contento y tenía a la mecanógrafa Purita en el bote, pero ahora no sé dónde se ha ido y con quién.
Es lo que tiene estas comidas de Navidad, perdemos los papeles en cuanto tomamos unos chatos. Me parece que al Jefe no le ha hecho gracia mi alusión a su peluquín.

No vuelvo a beber.

lunes, 28 de noviembre de 2011

IV CERTAMEN DE CUENTOS EL CORREO DE BURGOS - CAJACÍRCULO - EL RINCÓN DE MI INFANCIA - LA CAMA

Las brasas en la chimenea crepitan y de en vez en cuando suena un chasquido y un punto de fuego salta a gran velocidad y choca contra los ladrillos.

Estoy sentado en la silla bajita de enea y mis pantalones cortos dejan ver las cabrillas que adornan mis piernas, gracias al brasero de la mesa camilla.

Hace frío y la noche avanza, las sombras de la chimenea y de los candiles de aceite se unen y dibujan en las paredes sombras que a veces parecen garras de la Paparrasolla, del Coco, del Sacamantecas, de la Marrona o de la Cocharrona.

Miro hacia la ventana y en el alféizar interior sobre el muro de adobe, está el Niño Jesús de Praga, mirándome con sus ojos abiertos y su mano mutilada, dentro de la capillita domiciliaria con dos puertas de cristal y un lucernario encendido.

Tengo miedo, se acerca la hora en la que tenga ir a la cama y es uno de los peores momentos de peligro, miro de vez en cuando a mi madre que sigue trajinando entre los barreños y cacerolas pero no se da cuenta del tiempo.
De repente mi padre se levanta, tira la colilla de ideales al fuego, bebe del botijo y según sale por la puerta me dice – “niño a orinar al corral y a la piltra” -, a mi se me cae el mundo encima, miro a mi madre y ella con un gesto de la cabeza me indica que obedezca.

Cojo un candil y me dirijo por el pasillo hacia la puerta de atrás, las sombras me rodean y me siguen, por delante un halo de luz que se aleja y entre mis piernas pasa el gato marrón que ha entrado por la gatera y casi me hace caer.
Descerrojo la puerta y salgo al patio, la luz de la mecha de algodón titila y la protejo con la mano y voy hacia el vano de la puerta del corral y entro.

En el suelo los abrevaderos de granito, al fondo las vacas en sus pesebres se agitan y mugen, en lo alto el tabaco en manillas secándose y alrededor de mí se acumulan todos los seres que pueblan el establo.

Intento orinar en una esquina, coloco el candil con el garabato en una púa para tener las manos libres,  pero los dedos helados casi no pueden abrir los botones de la bragueta, además me imagino detrás de la columna a los malismos, los martinicos o al diablo cojuelo que según mi padre se alimenta de las pililas de los niños y no me la encuentro.

A punto de terminar, el cerdo de la matanza de este año me da un topetazo en las piernas y casi me caigo encima de los excrementos de las bestias apiladas en un rincón.

Salgo corriendo, entro en la casa, me desnudo y me pongo el pijama mientras mis dientes castañetean sin poder controlarlos.
Las sábanas están frías, casi húmedas y cuesta meterse entre ellas pues el peso de las mantas y de la colcha, deja poco espacio para moverse. El candil lo pongo en la mesilla pues falta la visita de mi madre.

Llega, se sienta en el borde y me arropa, colocando el embozo casi hasta los ojos, me besa y rezamos, me besa y se va.
Se lleva el candil y la oscuridad lo llena todo, hasta mi alma. La puerta se cierra y yo me tapo del todo, empiezo a oír a ras de suelo sonidos débiles como de correteo y me imagino que serán ratones o enemiguillos o diminutos, pero ninguno de ellos me gustan, así que me coloco con las piernas encogidas y las manos en los sobacos, pero no entro en calor.

Intento dormir, cierro los ojos con fuerza, tanta, que empiezo a ver como estrellitas que parpadean y como hilachos que flotan sin gravedad. No quiero abrirlos pues sé que lo están esperando tanto el Bú , los Ojancos, los finaos o el tragaldabas para arrastrarme a su madriguera.

La cama ya se ha calentado un poco y empiezo a sentir sueño y ya no siento la presencia de seres extraños. La cama me parece ahora, el rincón de mi infancia más seguro y duermo soñando que un día dominaré a todos aquellos, que durante tantos años me han asustado.

XII CONCURSO DE TANATOCUENTOS 2011 - SALA DE AUTOPSIAS

Tengo frío, no me puedo mover, estoy tumbado encima de una mesa dura y helada que parece de mármol.
 Tengo los ojos abiertos y veo una lámpara de quirófano de cinco focos apagada y no se qué me ha pasado, debo de estar con un relajante muscular y a la espera del cirujano, pues no puedo mirar hacia los lados.

Veo mi reflejo en el cristal de la lámpara y observo que estoy desnudo, que no tengo ninguna herida a simple vista y que no hay ninguna mesa auxiliar del anestesista o de los ayudantes de quirófano.
Oigo una puerta batiente y aparecen en mi ángulo de visión dos personas con gorro y mascarilla, una de ellas por su aspecto, mujer y la otra, una persona mayor con gafas.
Se acercan a mi cara, hablan entre ellos y me tocan con dedos enguantados, el hombre apunta cosas en una carpeta.
Sus cuerpos me impiden ver lo que hacen, cuando me observan el abdomen, pero noto cuando tocan mis genitales y cuando me giran para ver la parte trasera de mi cuerpo, notando las manos y los brazos del ayudante.
Empiezo a asustarme, me parece que creen que estoy muerto y yo los siento, los veo y les escucho aunque mal. Intento mover los ojos, la mano, un pié, algo, pero no sé si lo consigo. Hablar no puedo, de mi boca no sale sonido, aunque estoy gritando por dentro, es horroroso, no sé que ha podido sucederme.

El auxiliar se acerca a mi cara y sacando una manguera de debajo de la mesa, abre el grifo y sale un chorro de agua tibia a presión y comienza a lavarme con un cepillo de cerdas fuerte, de forma muy concienzuda, que llega a producir un dolor sordo.
Me coloca como a la maja desnuda y sigue con el lavado, a mi pesar, me río en mi interior.
Me seca con una especie de sábana áspera y tiesa y me tapa con otra más suave, quedo en penumbra no sé por cuanto tiempo, la puerta batiente vuelve a sonar con el vaivén y de repente la lámpara se ilumina.

Me descubren la cabeza y veo a la forense sin la mascarilla, acompañada de mi mujer que me mira con sorna y que se echa a llorar llevándose el pañuelo a los ojos.
Grito sin chillar, ¡Por favor!,¡ Ha sido ella!,¡ Me ha envenenado!.

La oigo decir como en sueños que bebía mucho, que comía grasas en demasía, que no hacía ningún ejercicio y que el médico de cabecera ya había previsto este final.
Se acerca a mí y posa sus labios más fríos que los míos en mi boca y musita un “adiós”, casi inaudible, solo para mis oídos.
La forense la coge del hombro, la abraza,  y la lleva hacia la puerta con ojo de buey y antes de salir de mi ángulo de visión, mi mujer se vuelve y me guiña un ojo, sonriendo.
La insulto, me desgañito y no sale nada por mi boca, se aleja y no puedo hacer nada, intento moverme y no lo consigo.

Se cierra la puerta y el silencio se adueña de la sala, me digo, que todavía tengo alguna oportunidad antes de que inicien la necropsia o si cuando la comiencen sangro o tengo alguna contracción muscular.

Se oye un carro auxiliar con el ruido de los instrumentos que lleva, la puerta que se abre y que se cierra y las luces de la sala y de la lámpara de cinco focos que golpea mis retinas, mis pupilas no son capaces de contraerse.
El ayudante cuelga una balanza y veo a través del cristal periférico del foco que coloca en mesas anexas agujas y lancetas de disección, microscopio, cubetas, mecheros de Bunsen, estufas, pipetas etcétera.

En la mesa de la forense coloca los condrotomos, cerebrotomos, tijeras y escalpelos, sierras, pinzas y escoplos.
En otra mesa, el material de sutura, agujas rectas y curvas, hilo y porta agujas, navaja barbera, lentes de aumento, cámara de fotos y de video.
Me vuelven a lavar y noto como el agua recorre todo mi cuerpo y por las ranuras del mármol se dirigen hacia los sumideros laterales.
De un gancho colocan el costotomo y la sierra eléctrica y yo aterrado, se me relajan los esfínteres y me lo hago todo. El ayudante se enfada, me vuelve a lavar y la forense le dice que suele pasar a veces, que es normal.
Intento mirarla a los ojos para que se de cuenta de que estoy vivo pero no noto ningún signo de que ella lo aprecie.

Se pone el gorro con dibujitos infantiles, la mascarilla y los guantes y coge el escalpelo y veo a través de la lámpara, que lo aplica en mi pecho haciendo un dibujo oval limpio, que no sangra y yo me sorprendo en que no siento dolor.
Debo de estar anestesiado porque la forense está disecando la cavidad torácica muy limpiamente. Al llegar a las costillas toma el costotomo aplicándolo a las costillas y haciendo gran fuerza no consigue cortarlas, requiriendo la ayuda del auxiliar.

Cuando retiran la plancha de costillas y esternón disecada, queda un gran hueco y veo desde el reflejo del plato de la balanza mi corazón que late convulsamente y en ese momento miro a la médico que me está observando y caigo en la cuenta de la gran complicidad entre ella y mi mujer cuando estaban juntas conmigo, charlando y con unos roces aparentemente casuales.

Aprovechando que el ayudante está de espaldas, enfrascado en el instrumental que está colocando ordenadamente, se acerca a mí, me besa y me dice “yo cuidaré de ella”.

Toma el bisturí y metiendo las manos en mi cavidad torácica, secciona limpiamente la aorta y las cavas y la sangre empieza a fluir y a llenar todo el espacio.
Mis ojos se nublan poco a poco y cuando la forense saca mi corazón con las dos manos y lo coloca en la balanza, yo ya lo estoy viendo todo desde fuera de mi cuerpo y dejo en la sala de autopsias a la amante y en la sala de espera a mi amada, bueno a su amada.

viernes, 25 de noviembre de 2011

RELATOS EN CADENA SEMANA 8ª - GRILLO


Por fin quietas, las alas ya no producen el canto del grillo, más bien el chirrido, ya no podía aguantar más.
Tuve que dejar de hacer el amor con mi mujer, no me concentraba.

Salí a la ventana, grité silencio a los cuatro vientos y no lo localicé, me llamaron borracho, pero es que no puedo soportarlo, el chirrido me crispa.

Mi mujer me dice que soy un histérico. Ja, Ja y Ja. Mañana sábado me levantaré al amanecer y con la pajita que me he preparado, encontraré al Titono de las narices y entonces, lo pisaré.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

III CERTAMEN HISTORIAS DE MIS MUEBLES - BIEDERMEIER

Estoy enfadado, más bien cabreado. Toda mi vida ahorrando, para comprarme un mueble vitrina del estilo Bidermeier alemán de 1820-1850, para expositor de mi colección de figuras de Capodimonte de Nápoles y ha sido un desastre.
Me costó un ojo de la cara, pero no me importó.

Me he quitado de salir a cenar, mi mujer y yo hemos decidido dejar de tener hijos y de veranear. Así hemos conseguido ahorrar lo suficiente para poder comprar la vitrina divina de Biedermeier.
Es un estilo que nos va mucho, bieder significa “sencillo” y eso es lo que nos caracteriza a la pequeña burguesía actual, políticamente decepcionada y excluida de la colaboración responsable en el Estado.
Pero el vendedor, no quería que me llevara esa pieza. Me regaló una caja de cera en pasta, una gamuza y me dijo que lo aplicara todos los días cinco veces.
En mi salón el Biedermeier lucía impresionante, dejamos de ver la televisión y colocamos los sillones orejeros de cara al mueble.

Día a día el mueble se hizo cada vez más pequeño, las figuras se rompieron, la tienda cerró y yo entré en depresión.

Mi mujer lo ha colocado en la casa de muñecas.



domingo, 20 de noviembre de 2011

I CERTAMEN INTERNACIONAL DE RELATOS CORTOS "EL RIOJA Y LOS CINCO SENTIDOS" - DE DOMINGO A DOMINGO

                                                  DE DOMINGO A DOMINGO.
En 1042, Domingo camina desde San Millán de la Cogolla, rumbo a Burgos, desterrado por su rey Don García de Navarra y se encuentra en un camino a un abad trabajando en la colocación de piedras.
Los dos abades se quedan mirando y corren a fundirse en un abrazo, se conocen, los dos se llaman Domingo y el trabajador no le tiene rencor a pesar de que no le han dejado entrar ni en San Millán ni en Valvanera. Es cura porque le ha nombrado el obispo de Ostia Don Gregorio, legado papal.


Domingo, sin embargo es benedictino. Domingo García le acoge y le da posada.

Le enseña el puente de madera que ha construido con el obispo Gregorio y el Hospital, el pozo, la iglesia y el albergue.
Cenan sopa de verduras y un tazón de vino caliente porque ha metido un hierro candente en la cántara. Domingo García le cuenta que en este puente se juntan los dos caminos de Santiago, el Francés y el vasco-francés y que toda ayuda es poca para los peregrinos por la hambruna que existe.
Domingo sabe que va a ser destinado a levantar San Sebastián de Silos y le cuenta que lleva esquejes de vides y códices de los cuales le va a dar, antes de su marcha.

Durante la Reconquista se replantan las vides que fueron arrancadas por los musulmanes desde Al-Hakam II.
Le cuenta que en los monasterios se cultiva la vid en viñedos acotados, los Clos y le cuenta que la Regla Benedictina asigna a cada monje una hemina diaria de vino, como 0.27 litros.
Le enseña que para aumentar la vida del vino, se usa recubrimiento de brea, uso de resinas o saborizantes. También se mezcla con agua o miel.

Al día siguiente, después de un desayuno frugal, se despiden, pero esos esquejes se expandirán por todo el camino de Santiago, dando lugar a los vinos de la Rioja.

I CERTAMEN INTERNACIONAL DE RELATOS CORTOS "EL RIOJA Y LOS CINCO SENTIDOS" - EL POLLO TOMATERO

                                                     EL POLLO TOMATERO.
En Extremadura se celebraban con gran pasión la fiesta de los Quintos y aún hoy día, aunque ya no existe la mili, ha quedado como el paso a la edad adulta.
El nombre de Quintos proviene de la contribución de sangre u obligación de servicio militar que impuso Juan II de Castilla, según la cual uno de cada cinco varones, debía servir en el ejército.

Pues en el año de 1970, un grupo de quintos nos reunimos para cenar un pollo tomatero hermoso que habíamos criado a nuestros pechos. El vino corría en abundancia y empezamos con las apuestas típicas. Yo más que tú, tú más que yo y el nivel alcohólico iba subiendo.
De repente uno de nosotros, el Nicanor se levantó y salió corriendo por la puerta gritando y aullando. Los demás, que tampoco estábamos muy sobrios, la verdad, salimos detrás de él por todas las callejas, sorteando el arroyo central de basuras que corría calle abajo.

Nos costó acorralarlo junto al pretil del pilón del ganado, pero se revolvió y se tiró de cabeza. Los demás tras él y a duras penas conseguimos sacarlo y en procesión llevarlo a la casa del médico Don Antonio.
Gritos, golpes y la casa a oscuras, a todo esto eran las doce de la noche y el frío de febrero nos calaba a todos.
Al rato se abrió la ventana del primer piso y se asomó Don Antonio, el médico.
“Me cago en todos vosotros, hacer como hago yo, que cuando me emborracho, no molesto a nadie” y cerró la ventana de un golpe.

Y nosotros, callados, llevando a Nica como si fuera el cristo de la Legión, nos volvimos al  bar a terminar de dar cuenta del pollo tomatero.

CONCURSO DE MICRORRELATOS CUENTOS Y SOMBREROS - BORSALINO

                                                    BORSALINO.

Conservo un Borsalino gris de mi padre, con la cinta negra anudada en el lado izquierdo y hecho de un fieltro suave que cada año que pasa lo es más. Estaba orgulloso de él y me contaba que el fieltro estaba hecho de pelos de conejo o liebre y que no tenía nada que ver con los sombreros Trilby y Fedora.

Cuando repaso las fotos amarillentas o sepias de su álbum, caminando junto a mi madre como una pareja de cine, con su borsalino y un cigarrillo en la mano, me transmite toda la fuerza que tenía, en su andar seguro y protector.

Por eso, cuando siento que en mi vida me falta energía, cuando veo que los problemas acechan a mi familia, saco del sombrerero el borsalino de mi padre, me lo pongo y él desde donde esté, me transmite la fuerza que me falta.

CONCURSO DE MICRORRELATOS CUENTOS Y SOMBREROS - CHAPIRI

                                                   CHAPIRI.

Entré en el 77 en la Academia General Militar de Zaragoza como aspirino. Me presenté como caballero cadete con mi uniforme de paseo y gorra, pero el primer día me dieron un petate con la ropa de cuartel y de estudio.

En el saco iban dos tipos diferentes de prendas de cabeza, el chapiri y la teresiana, que inmediatamente eran objetos de deseo para los demás compañeros y veteranos, pues toda su ilusión era quebrar la visera de la teresiana y dejarla así para los restos.

Y al chapiri, descendiente de los gorros isabelinos, quitarle la borla.
Me he doctorado en Medicina con un estudio sobre el complejo de Aquiles de los capadores de borlas de los chapiris y el complejo de Brummel de los quebradores de teresianas, recibiendo un Doctorado Sobresaliente Cum Laude.

Mis gorras no llegaron vírgenes a la Jura.

sábado, 19 de noviembre de 2011

I CONCURSO DE RELATOS BREVES "CUÉNTALE UN CUENTO A LA REPUBLICANA" - EL SIFÓN

                                                                EL SIFÓN.

En Extremadura, en agosto, atravesar cualquier plaza para ir al colmado a por el sifón, solo es posible si uno es niño, porque hasta los pajarillos caen redondos. Además se da la circunstancia, de que ese niño tiene que ser el pringao de la familia.
El calor es seco, asfixiante y hace boquear, la cabeza se calienta, la ropa ni se moja de sudor y los pies se pegan a la zapatilla y al cemento.
 Llegas al colmado y lo primero que ves en el suelo es el barrilito de arenques secos colocados helicoidalmente, penetras entre la cortina de múltiples cordones con cilindros verdes de madera que producen un ruido, que si no fuera por el tendero, estarías media tarde haciendo música.

En el techo colgando, tiras de un papel enrollado pegajoso llenos de moscas y en el mostrador, platillos como con azúcar llenos de lo mismo. Ya no hay moscas como las de antes, eran inteligentes, pertinaces, vamos, cojoneras.
Por eso en las mejores mesas  camillas, no faltaba el matamoscas o el fu-fri  como llamábamos al DDT.
En el mostrador, el surtidor de aceite que si tenías la suerte de verlo funcionar, era una maravilla, subiendo y bajando los émbolos.

El suelo lleno de sacos con el embozo vuelto enseñando garbanzos, judías, arroz, lentejas, harina etc. etc.
Entregabas el sifón vacío al orondo y sudoroso tendero y él te daba otro de la fábrica Loreto de Talavera de la Reina, que sacaba de una caja que tenía al fondo tras una tela de saco como cortina.
El colmado  era como un castillo por descubrir, debía de tener muchos secretos y tesoros, sin hablar de los dulces y caramelos que se veían a simple vista.
En el pueblo los niños no llevábamos dinero nunca, todo se apuntaba, ya vendrá mi madre, al final de la semana vendrá mi padre. Así era imposible sisar, dependíamos de la generosidad del tendero, que era poca.

Costaba salir otra vez a la carretera, pues la Nacional V atravesaba el pueblo y el asfalto se reblandecía, olía como a brea, como si lo acabaran de poner. A veces cuando el calor era infernal, te echabas un trago a presión y otro por la cabeza, y cuando entrabas en casa lo dejabas corriendo en la fresquera y te ibas al patio.

Se comía en la cocina, porque  era el sitio más fresco de la casa de muros de adobe y a la entrada, en una cantarera teníamos una tinaja de agua, tapada con una madera y encima un cacillo desportillado de uso común y estaba siempre fría.

Éramos cinco hermanos y nos daban nuestros padres una peseta por el domingo y con ese dineral, pocas cosas se podían comprar, el chicle Bazooka ya costaba dos reales y un cubilete de pipas otros dos, por eso poníamos a secar las pepitas del melón y de la sandía al sol y cuando podíamos también las de la calabaza.
 Entonces con los dos reales o te tomabas una leche merengada o un polo, que era completamente artesanal.
El pipero rascaba con una rasqueta con forma de cajón alargado un bloque de hielo y cuando le daba forma y le ponía un palo preguntaba si lo querías de fresa o de menta y entonces de unas botellas esparcía el líquido por la superficie.
Cuando chupabas muy fuerte, veías como el polo se iba quedando blanquecino y al final solo era de hielo, pero estaba por lo menos frío.
El chicle era fijo y tenía que durar toda la semana hasta la misa de domingo a las doce, durante las comidas estaba prohibido sentarse con él en la boca. Según íbamos entrando en la cocina para comer, lo dejábamos pegados en la parte trasera de la cántara de agua y a la salida nos peleábamos por coger el más rosita. De todas maneras hacia el viernes ya eran de un color indefinido y de una consistencia pétrea. Había algunas soluciones para mejorarlo, como masticar a la vez el chicle con una mina de los lápices alpino de colores, pero solían quedar como con tierra.

En el pueblo vivía una niña de nuestra edad, que era especialista en mascar tu chicle y tu mina y te lo dejaba suave y teñido perfectamente.
 Había que pagarla con botones, tabas o cromos y se llamaba Toñi “la hilvaná”, que era el mote de todas las mujeres de esa familia, se supone que alguna ancestral saldría un día con una falda hilvanada.
Durante la comida, mi padre ese día, descendió del Olimpo y nos sorprendió con una clase magistral sobre los sifones que aún recuerdo. Que yo lo recuerde, no es fruto de mi inteligencia, sino de las veces que me lo hizo escribir por estar pegándome con mi hermano por debajo de la mesa.
Nos relató que el inventor del sifón fue un clérigo disidente inglés llamado Joseph Priestley, que era científico, teólogo, filósofo, educador y teórico político, que tuvo que huir en 1791 a los Estados Unidos, porque proclamaba la independencia de América y el triunfo de la revolución  francesa. Descubrió el agua carbonatada, pero pasó mucho tiempo hasta que una empresa argentina creara el sifón recargable.

Por similitud de un líquido que asciende por un tubo, se llama sifón al recipiente hermético que contiene el agua carbonatada o agua de Seltz o soda o gaseosa. En España decimos, dame un tinto con sifón, pero está mal dicho, porque lo que te echan es el agua carbonatada que está en el interior a presión, mantenida por el equilibrio entre el CO2 disuelto en el agua y el gas libre.
Como a veces explotaban, se les colocaba una malla metálica y en cada comarca existían multitud de fábricas de sifones y de gaseosas, cada una con nombres de la zona.

En el recipiente se introduce un tubo acodado, el más largo hasta el fondo y el más corto con salida al exterior y lleva una válvula para evitar el goteo. El agua produce el gas que hace presión a su vez sobre el líquido y lo empuja por el tubo largo hacia el exterior. Un sistema de clavija o gatillo hace que la válvula ceda y  permita la salida del agua carbonatada.
Yo había desconectado cuando empezó a decir el nombre del inventor, pero al terminar me preguntó y yo no supe que contestar. Me dictó unas cuantas frases y me dijo que lo copiara cien veces.
En el verano de los años 60, en Extremadura, la siesta era sagrada, quisieras o no, todos a dormir o por lo menos no hacer ningún ruido. Cosa imposible, pues nos metíamos todos en esa cama antigua de la abuela y a veces con primos y aunque la intención fuera buena, en pocos minutos las risas, los lloros inundaban la casa hasta que de golpe se abría la puerta y el Dios lanzaba sus rayos mortales y a quien Dios se lo dé, San Pedro se lo bendiga. Así hasta que al final salía nuestra madre y nos echaba de casa.

Para merendar, bocadillo gigante de mantequilla con dos onzas de chocolate o de jamón, bueno, del tocino fresco y sonrosado que hoy día despreciamos.

Los chicos por un lado con el aro, que había virtuosos que hacían maravillas gracias a la guía que se fabricaban en la fragua. Otros con la peonza, que ya no era sacar a la contraria del círculo, sino rajarla con la púa que introducíamos en ella.
 Otros con los boliches o canicas para jugar al guá. Las tabas eran más de las niñas, son de hueso, el astrágalo del animal y se jugaba tirando una al aire y recogiendo el resto dependiendo de la cara que ofrecen, picos, hoyos etcétera.

A las afueras había un pilón grande en un prado y allí íbamos a bañarnos unos días los chicos y otros las mozas. El agua era verdosa, el borde resbaladizo y nos tirábamos en pelota picada sin pudor ninguno. Luego secado al sol, un cigarrito si teníamos y comer la fruta de temporada, lo que se llamaba ir a garullas, que a veces el membrillo verde te dejaba la boca que parecía que no era tuya.
Onán no era extremeño, pero nosotros practicábamos sus enseñanzas en compañía.
Alguna vez fuimos a espiar a las chicas, pero si se daban cuenta teníamos que salir por patas, porque nos amenazaban con los hermanos mayores que eran unos brutos.
La cena en el pueblo en verano era suave, quesos, jamón, morcilla patatera y de calabaza y vino con sifón para el Dios y los demás agua. Además, una ensalada de tomates que llamaban rin-ran.

Mi Dios nunca llegaba a la hora y mi madre nos mandaba a la taberna de uno en uno para buscarle. Nos encantaba ir, pues según entrabas, algún convecino decía “Lauro, ahí está uno de tus muchachos, a casa”, pero él no hacía ni caso nos daba unos cacahuetes y pedía otra ronda.
Cuando ya iba el último, pagaba y se retiraba abrazado al que fuera y a casa a cenar. Mi madre de morros.
Después de cenar, un poco de tertulia en la mesa  camilla y como no teníamos televisión se aprovechaba para limpiar las lentejas.
 Se vaciaba el paquete en el centro y metiendo la mano cada uno desde su sitio, las iba trayendo hacia sí y quitando los pedruscos que tenían. Si comprabas un kilogramo se quedaba en medio sin exagerar.

Mi padre adormilado y si rezábamos el rosario ya ni te cuento. Tenia truco, había que saberse el inicio y empezar alto y luego disminuías el volumen hasta terminar en un susurro. Mi madre se armaba con el matamoscas y daba igual a quién daba, fuera mosca o el que no seguía los misterios. A Dios nada, era muy injusta.
En el pueblo, existían tres o cuatro televisiones, nosotros íbamos a casa de unos parientes y entrábamos en la casa, pero en el borde de la carretera nacional se colocaban los vecinos que se traían sus sillas.
 El primo de mi padre colocaba la tele frente a la ventana y la abría y entonces se formaba como un patio de butacas en la carretera. Cuando pasaba un coche, cada uno cogía su silla y se retiraba para que pasara, pero era muy raro.
Recuerdo pocos programas de aquella época, pues entre el sueño y la nieve, que a pesar de ser agosto caía siempre en Madrid no se veía casi nada.
El retiro a dormir era de toda la familia, entrabas en la cocina y te tomabas un tazón de leche con una nata que no he vuelto a ver en mi vida y mientras en tus labios notabas la porcelana descascarillada, veías en la mesa el sifón vacío y ya sabías el recado del día siguiente.