miércoles, 27 de febrero de 2013

CONCURSO DE RELATO BREVE - CIUDAD DE ARNEDO - 2013 - BAZAR - AZAR


                               BAZAR - AZAR
 

¿Dónde estoy?.Casi no me puedo mover.

Tengo puesta una camisa de fuerza, los brazos pegados a los costados, no puedo hablar, ¿Qué me han hecho? ¿Porqué?.Me siento mojado, habrá sido por los nervios, empiezo a  ver, las paredes blancas, como acolchadas. No recuerdo nada, me habrán inyectado algo, tengo miedo.
 

Estoy en la Unidad de Salud Mental y Conductas Adictivas, que digo yo que qué habré hecho para estar aquí con esta máscara que me impide gritar.
 
 

Empiezo a recuperar la memoria, salí del trabajo hoy o ayer, bueno, la verdad es que no tengo ni idea, no sé, tenía que comprar un regalo para el cumpleaños de mi mujer y entré en una zapatería de la calle Mayor.Es tan agradable pasear y ver los escaparates, bueno y los tres vermúts con su aceituna que me tomé en una terraza.
 

 Estuve viendo unas sandalias y unas botas preciosas, como de piel , altas y bajas, con esmaltes, también unas manoletinas y unas alpargatas. Me gustaban unos zapatos de salón de ante azul y unas sandalias de piel con plataforma, estaba a punto de elegir al azar cuando de repente una dependienta muy amable se me acercó.
 

Disculpe, me dijo, tenemos otros modelos que le van a gustar más. Tenía sim-

plemente que decir que no, que tenía prisa, cualquier cosa, pero era guapa, el aperitivo me tenía ligeramente enardecido y tenía tiempo, así que claudiqué, craso error. El azar vino en mi contra.
 

En una mesa grande de la tienda, empezó a colocar un montón de cajas de las que iba extrayendo multitud de pares de calzado, yo empecé a dudar, quería rescatar el espíritu de mi mujer, del cual yo me había prendado,  pero no lo encontraba en el batiburrillo que se había formado, la mano de ella se enredaba en la mía y yo por un lado buscaba y buscaba y por otro entraba en el juego erótico del roce.

Ya había perdido el norte, me reía por nada y no paraba de decir tonterías.

De repente, me dice que han recibido un pedido nuevo, con las últimas noveda-

des de fábrica y que me las va a traer. Intento resistirme, pero cuando me doy cuenta ya está subiendo por la escalera con ese movimiento tan sensual.
 A partir de ahora ya sé que no se puede pensar en cosas excitables teniendo una camisa de fuerza puesta, porque el tiro me está matando ( me viene a la memoria el clip de los picardías de las mujeres ) y porque no tengo las manos libres.

Baja por la escalera toda sonrisa, pechos, piernas y un montón de  cajas que la impiden ver con claridad, se acerca trastabilleando y al intentar ayudarla y coger el mamotreto, la rocé en no sé donde ( sí, lo sé ) y se deshizo entre nosotros y cayeron en la mesa decenas de zapatos, que digo, centenas y aun miles, yo ya, ya yo, dudaba si lo que quería eran unas katiuskas o unas manoletinas.

La mesa era un caos, los zapatos  se caían por los bordes resbalándose y mien-

tras nosotros, intentábamos lo contrario, con risas y con poco éxito. Los demás clientes miraban estupefactos y asistían con un poco de envidia tal vez a este juego en el que quizás también querían participar.
 

Ya no sabía porque estaba allí, era como un sueño que creo había tenido más de una vez, estábamos los dos en el suelo, riéndonos, yo, con un calentón que no recordaba y de repente al ponerme de pié choqué contra la estantería de la espalda y como las piezas de un dominó empezaron a caer una detrás de otra, con  el consiguiente escánda-

lo y estropicio.
 

Me levanté y me puse a buscar los zapatos de ante azul entre el caos que había en la tienda, gritaba y tiraba los pares a lo alto y no dejaba que nadie me tocara, ni siquiera la dependienta buenorra, y a cuatro patas recorría la tienda a una velocidad en-

diablada, hasta que choqué con un muro de piernas, que izándome en volandas me colo-

caron la camisa de fuerza que llevo.
 

Según me llevan a la ambulancia, noto dentro de la camisa un zueco de base de madera, noto la sonrisa de la joven y también noto el clip del picardías.

No creo que mi mujer me crea, sobre todo cuando vea la foto en la prensa de la dependienta, dándome un beso en la boca.

 

2 comentarios:

  1. Simpático cuento, intrascendente

    ResponderEliminar
  2. Gracias, anónimo, justo lo que pretendía.
    Un saludo

    ResponderEliminar