jueves, 3 de noviembre de 2016

ATOCHA,1918 - Ganador del IV Concurso de Relatos Hiperbreves ma non troppo "La Siguiente la Pago Yo"


                                                                            ATOCHA, 1918
 
 
Creo que soy expósito y no sé la edad que tengo, ejercí de soguilla en el embarcadero y en la glorieta, peleándome a diario con los mozos de cuerda y con los municipales, que me corrían a porrazos.
 
 
 
 Aunque renco, doy gracias por lo que me pasó en la estación de Mediodía.
 
 
 
 

Dormitaba una tarde en el andén, encima de un carretón, pues estaban en huelga los mozos, cuando un bastón se me clavó en el abdomen, un petimetre me miraba desde lo alto y me obligó a llevar un baúl enorme rematado en los bordes con metal.
 
 
 
Al subirlo con la soga y por las prisas se me resbaló y me rompió la rodilla, sacándola de su sitio.
 
 
 

 
 
Mientras gritaba de dolor, el lechuguino me golpeaba con el bastón y me hubiera matado de no ser por la intervención de una monja que se interpuso y que con la ayuda de otra me llevaron al Hospital.
 
 
 

El de los huesos me recompuso como pudo, me escayolaron y pasé a una nave enorme con un biombo alrededor.
 
 

Vino la monja con una palangana y se sentó a mi vera, era joven y guapa, con una toca alada blanca y que me sonreía. Empezó a quitarme la ropa y yo me resistía, me acarició, nadie lo había hecho antes, me dejé. Me pasó la esponja por todo el cuerpo, tuve una erección y ella se puso como un tomate, yo me tapé con la sábana.
 

Cuando pudo me llevó a un cuartucho del sótano, donde dormía y me enseñó a amar y a ser amado, aprendí a leer y a arreglar los cadáveres y así entré en la profesión.
 
 
 
 
Durante dos años trabajé con un fotógrafo de Embajadores en la realización de fotografías postmorten y acudíamos a domicilios y creábamos situaciones normales como comer, leer con el muerto, si era niño, jugando y los familiares alrededor. Arreglaba los muertos del Hospital para su enterramiento.
 
 
 
Con tantos fallecimientos por la gripe, esas fotos han pasado de moda.

El olor entra por la nariz, ojos y boca y te hace llorar, aunque lleves años haciendo lo mismo.
 
 
 
 
 Al abrir el arcón de mármol, la vaharada de formol te golpea la cara, te das la vuelta y coges el siguiente cadáver de la carretilla, que has traído del sótano del Hospital de Sabatini.
 
 
 

Están magros de carne, la epidemia de gripe deja a todos por igual y cuesta meterlos en la pila pues está a rebosar y se enganchan los miembros de unos con otros, empujo con las manos y a veces con el pie.
 
 
 
No se quejarán los estudiantes del Colegio de Cirugía de San Carlos, hasta el año pasado, se peleaban por los restos y a veces había que trocearlos, los legales, procedentes de la justicia, pocos y los íntegros escasos.
 
 
 
 
 
 
 

Al embalsamar un cadáver reconocí al petimetre en él, el recuerdo me cegó, con el escalpelo le corté los genitales y forzándole la boca rompiéndole varios dientes se los introduje en ella y lo  devolví  al velatorio tal cual.
 
 
 

Cuando me llevaban los alguaciles, mi ángel alado lloraba en silencio.

3 comentarios:

  1. Enhorabuena Epi por ese premio y por el relato, es macabro y está muy bien ilustrado.
    Besos
    Puri

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  2. Tétrico. Debe ser coincidencia la proximidad al día de los muertos

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  3. Enhorabuena, me gustó mucho la primera vez que lo lei y ahora lo he vuelto a disfrutar. Me han encantado las ilustraciones.

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