martes, 7 de agosto de 2012

AUTOPSIA

                                                                   AUTOPSIA


Tengo frío, no me puedo mover, estoy tumbado encima de una mesa dura y helada que parece de mármol. Tengo los ojos abiertos y veo una lámpara de quirófano de cinco focos apagada y no se qué me ha pasado, debo de estar con un relajante muscular y a la espera del cirujano, pues no puedo mirar hacia los lados.

Veo mi reflejo en el cristal de la lámpara y observo que estoy desnudo, que no tengo ninguna herida a simple vista y que no hay ninguna mesa auxiliar del anestesista o de los ayudantes de quirófano.
Oigo una puerta batiente y aparecen en mi ángulo de visión dos personas con gorro y mascarilla, una de ellas por su aspecto, mujer y la otra, una persona mayor con gafas.

Se acercan a mi cara, hablan entre ellos y me tocan con dedos enguantados, el hombre apunta cosas en una carpeta.
Sus cuerpos me impiden ver lo que hacen, cuando me observan el abdomen, pero noto cuando tocan mis genitales y cuando me giran para ver la parte trasera de mi cuerpo, notando las manos y los brazos del ayudante.
Empiezo a asustarme, me parece que creen que estoy muerto y yo los siento, los veo y les escucho aunque mal. Intento mover los ojos, la mano, un pié, algo, pero no sé si lo consigo. Hablar no puedo, de mi boca no sale sonido, aunque estoy gritando por dentro, es horroroso, no sé que ha podido sucederme.

El auxiliar se acerca a mi cara y sacando una manguera de debajo de la mesa, abre el grifo y sale un chorro de agua tibia a presión y comienza a lavarme con un cepillo de cerdas fuerte, de forma muy concienzuda, que llega a producir un dolor sordo.
Me coloca como a la maja desnuda y sigue con el lavado, a mi pesar, me río en mi interior.

Me seca con una especie de sábana áspera y tiesa y me tapa con otra más suave, quedo en penumbra no sé por cuanto tiempo, la puerta batiente vuelve a sonar con el vaivén y de repente la lámpara se ilumina.
Me descubren la cabeza y veo a la forense sin la mascarilla, acompañada de mi mujer que me mira con sorna y que se echa a llorar llevándose el pañuelo a los ojos.

Grito sin chillar, ¡Por favor!,¡ Ha sido ella!,¡ Me ha envenenado!.
La oigo decir como en sueños que bebía mucho, que comía grasas en demasía, que no hacía ningún ejercicio y que el médico de cabecera ya había previsto este final.
Se acerca a mí y posa sus labios más fríos que los míos en mi boca y musita un “adiós”, casi inaudible, solo para mis oídos.
La forense la coge del hombro, la abraza,  y la lleva hacia la puerta con ojo de buey y antes de salir de mi ángulo de visión, mi mujer se vuelve y me guiña un ojo, sonriendo.
La insulto, me desgañito y no sale nada por mi boca, se aleja y no puedo hacer nada, intento moverme y no lo consigo.

Se cierra la puerta y el silencio se adueña de la sala, me digo, que todavía tengo alguna oportunidad antes de que inicien la necropsia o si cuando la comiencen sangro o tengo alguna contracción muscular.
Se oye un carro auxiliar con el ruido de los instrumentos que lleva, la puerta que se abre y que se cierra y las luces de la sala y de la lámpara de cinco focos que golpea mis retinas, mis pupilas no son capaces de contraerse.

El ayudante cuelga una balanza y veo a través del cristal periférico del foco que coloca en mesas anexas agujas y lancetas de disección, microscopio, cubetas, mecheros de Bunsen, estufas, pipetas etcétera.
En la mesa de la forense coloca los condrotomos, cerebrotomos, tijeras y escalpelos, sierras, pinzas y escoplos.
En otra mesa, el material de sutura, agujas rectas y curvas, hilo y porta agujas, navaja barbera, lentes de aumento, cámara de fotos y de video.
Me vuelven a lavar y noto como el agua recorre todo mi cuerpo y por las ranuras del mármol se dirigen hacia los sumideros laterales.

De un gancho colocan el costotomo y la sierra eléctrica y yo aterrado, se me relajan los esfínteres y me lo hago todo. El ayudante se enfada, me vuelve a lavar y la forense le dice que suele pasar a veces, que es normal.
Intento mirarla a los ojos para que se de cuenta de que estoy vivo pero no noto ningún signo de que ella lo aprecie.
Se pone el gorro con dibujitos infantiles, la mascarilla y los guantes y coge el escalpelo y veo a través de la lámpara, que lo aplica en mi pecho haciendo un dibujo oval limpio, que no sangra y yo me sorprendo en que no siento dolor.
Debo de estar anestesiado porque la forense está disecando la cavidad torácica muy limpiamente. Al llegar a las costillas toma el costotomo aplicándolo a las costillas y haciendo gran fuerza no consigue cortarlas, requiriendo la ayuda del auxiliar.

Cuando retiran la plancha de costillas y esternón disecada, queda un gran hueco y veo desde el reflejo del plato de la balanza mi corazón que late convulsamente y en ese momento miro a la médico que me está observando y caigo en la cuenta de la gran complicidad entre ella y mi mujer cuando estaban juntas conmigo, charlando y con unos roces aparentemente casuales.
Aprovechando que el ayudante está de espaldas, enfrascado en el instrumental que está colocando ordenadamente, se acerca a mí, me besa y me dice “yo cuidaré de ella”.
Toma el bisturí y metiendo las manos en mi cavidad torácica, secciona limpiamente la aorta y las cavas y la sangre empieza a fluir y a llenar todo el espacio.

Mis ojos se nublan poco a poco y cuando la forense saca mi corazón con las dos manos y lo coloca en la balanza, yo ya lo estoy viendo todo desde fuera de mi cuerpo y dejo en la sala de autopsias a la amante y en la sala de espera a mi amada, bueno a su amada.

sábado, 4 de agosto de 2012

ESTA NOCHE TE CUENTO - 2012 - AGOSTO - NUDISMO

                                                   NUDISMO

He estado en playa de Vera, Almería y me he despelotado.
El primer día, boca abajo y viendo el azul marino y un catamarán, sin levantarme por la erección.       
                                                                                                                          Vi venir hacia mí a una mujer de 90 años como a medio hinchar, por las arrugas, pero con unas tetas tersas y turgentes que consiguió que pudiera bañarme flácidamente y plácidamente y al pasar al lado de un mozo aceitoso me sopló un "que ese culazo no pase hambre".
Inicié una carrera grácil, tipo león marino huyendo del depredador.
Ya en el agua, vino una guiri espectacular con un felpudo en forma de corazón y al acercarse noté un calorcillo, me miro orgulloso presintiendo una erección del quince y salí corriendo gritando con una medusa en todo el pito.
Era urticante, vesicante e irritante y costó desprenderla, unos tirando y yo chillando, otros que si aproximando un mechero. El vigilante de la playa, un armario ropero.
Me tumbó el socorrista y la gente arremolinada y con un dedito con pomada me tocaba las partes pudendas que estaban como chorizos parrilleros. Dos suecas me explotaban las ampollas como si fuera el papel burbuja y se reían.

Dos semanas sin sexo.
En el chiringuito no entendía al camarero desnudo, porque se metía las propinas en la boca y yo, con la maricona tapándome las morbideces, lloré.
No vuelvo.

lunes, 9 de julio de 2012

III CONCURSO LITERARIO "MI HISTORIA EN CAMPO GRANDE" - 2012 - MI INFANCIA

                                                                     CAMPO GRANDE

                                                  (Mi infancia)

Valladolid 1960. Tenía en esa época ocho años. Mi mundo, lo que yo recuerdo era en blanco y negro, pero no por triste sino por percepción.
Ahora, cuando veo las fotos, ya ni siquiera son en blanco y negro sino que han cogido una tonalidad sepia, lo que sí parece es que son cada día que pasa, más pequeñas. Eso que con mis gafas para la presbicia, me acerco a aquel tiempo.
No sé que pasa con la edad, bueno, si lo sé, tengo la sensibilidad a flor de piel y muchas de las cosas que hace unos años, no me producían ningún efecto, ahora  me produce un nudo en la garganta y una humedad en los ojos, que tiendo a disimular.

Vivía con nosotros la madre de mi padre, por ella me pusieron a mí Alejandro, era menuda, vestida de negro riguroso, con pañuelo y medias y zapatillas de lona negras. He intentado recordar su voz, sus gestos, sus andares, su cariño y no lo he conseguido, siempre la recuerdo sentada, encogida y en silencio. Lo que sí tengo presente es la devoción de mi padre hacia ella, la llamaba de usted y él era el único que sabía la vida que había llevado hasta entonces, la de tantos pueblos de Extremadura y España, con hambre atrasada y sin condiciones sanitarias de ningún tipo.
Reflejo de lo dicho es que mi padre fue el mayor de siete hermanos que fueron muriendo, unos antes y otros después, al llegar las diarreas del verano o en el mismo parto en las dos décadas primeras del siglo XX.
Su muerte no la recuerdo, si la tristeza de mi padre, y mucho, porque permaneció en mi retina muchos años. El beso que la dimos ya muerta en su habitación, estaba en la cama, vestida de negro pero ya no era mi abuela, había crecido mucho, su color era cerúleo y mis labios al contactar con su mejilla se rompieron.
Cuando la busco en las fotos de esa época, siempre está sentada o en un banco del Campo Grande, o en la plaza de las ranas o en casa al lado de la jaula de los periquitos.

Mi casa. Estaba en la calle Calvo Sotelo, si salías del portal y te dirigías a la izquierda, enseguida llegabas al puente sobre el río Pisuerga. Si me dirigía hacia la derecha enfilaba el Conde Ansúrez y llegaba enseguida al Campo Grande y te dabas de bruces con el teatro Pradera, donde jugábamos a policías y ladrones apoyándonos en sus muros. Mis tres hermanas y yo, único chico, cuánto hemos jugado a cocinitas y yo hacía de marido y otras veces de cura, lo típico de la época.

Por delante de la fachada del teatro se ponía un pipero que te daba por una perra gorda un vasito de madera, que metía en una especie de saco y sacaba lleno de pipas y que mi hermana la mayor que era una gobernanta, repartía de una en una y yo creo que ella se quedaba con más, nunca lo ha reconocido.

Algunos días se ponía un barquillero con la lata pintada de rojo y decorada con dibujos y en la tapa una ruleta y nos quedábamos con las bocas abiertas. Eran unos barquillos rectangulares acanalados y dobles con sabor a miel. Por un dinero que no recuerdo, pues posiblemente eran nuestros padres en domingo, uno de nosotros le daba a la ruleta y el señor nos daba lo que salía en la numeración.
Pagas no había en mi casa o unas perras gordas o un TBO para los cuatro, que en el mismo momento de comprarlo uno era primer, otro según y así todos. Según lo estoy escribiendo pienso que cutre, pues no, era lo que había y no había otra. En casa se hacía la masa de churros y se asaban castañas y se tostaban las pipas de girasol, las de melón, las de sandía y las de calabaza.
En mi casa siempre vivía o un familiar del pueblo que hacía la mili enchufado por mi padre o una chica de servicio como se decía antes que venía del pueblo y se encargaba de los pequeñajos.

Cuántas tardes entre la arboleda del Campo Grande, persiguiendo al pavo real o a los patitos, una de ellas un chico “malo” de una pedrada desprendió una castaña pilonga del castaño de indias y fue a impactar en uno de mis ojos. Cosas de entonces, acudió a mi domicilio con su madre a pedir perdón, con unos bombones y yo con un parche. Igual que ahora.

Ahora me parece pequeño, pero entonces tenía sus zonas prohibidas por las que no podíamos adentrarnos, oscuras, umbrías y solitarias y casi si la pelota se alejaba botando te quedabas mirando como si la perdieras para siempre.

Y que contar del lago con su barca “la paloma”, pocas veces monté, pero muchas más me apoyaba para verla deslizarse y dar la vuelta por la gruta y aparecer por el otro lado. El tío Catarro nos contaba historias truculentas, cuando pasábamos por dentro y nos hacía reír, sentí su pérdida como si fuera un familiar lejano y recordé otra vez mi infancia en Valladolid.

A los tres años y con mis tres hermanas al colegio de Las Francesas, mi memoria retiene sólo la palabra sortie de cuando íbamos al baño y el patio de tierra con un árbol seco en el centro. Hace poco vi el claustro o patio de las tabas dentro de un centro comercial, me gustó que se conserve, porque cada vez desaparecen más sitios por los que caminé.

Enseguida Nuestra Señora de Lourdes, colegio de chicos, durante el primer año una cadena por el paseo Zorrilla en un sentido y en otro, un montón de niños agarrados de la mano, que nos iban soltando en diferentes paradas.
Al llegar y en el patio y en formación se cantaban canciones del momento, perdón, del movimiento. Dicen que las percepciones olfatorias van directamente al cerebro, al bulbo y es cierto, porque algunas veces y por diferentes estímulos o situaciones afloran en mí, los recuerdos de los olores de los lápices, las gomas, las tizas y unas letras de cartón grandes, con las que aprendí a leer.

En el jardín trasero, donde estaban unos invernaderos, existían varias jaulas con animales, pero era un sitio reservado para los mayores.
Los padres dejaban en manos de los baberos a sus hijos y pocas veces acudían a los eventos escolares, tal era así que hasta el pago del colegio lo realizaba yo cada mes. Ese día corría como nunca por el paseo con el sobre en una mano y la cartera de cuero despellejada en la otra y al llegar, en la oficina te daban bolitas de anís y una barra de regaliz duro y negro que no he vuelto a tomar.

Mi padre puso la consulta de dentista en casa en el cuarto nada más entrar, sin sala de espera, porque creo que nunca llegaron a juntarse más de una o dos personas. Le recuerdo con la bata abrochada por detrás, fumando, caminando por el pasillo o sentado en la mesa camilla. Si sonaba el timbre, nos levantábamos la familia en pleno, mi padre a la consulta, mi madre se atusaba y era la que abría y nosotros cuatro mirando detrás de la puerta del pasillo entornada para ver a la víctima. Luego, cuando se iba entrábamos y nos reíamos de las dentaduras postizas o de los dientes de los modelos de escayola, hasta que llegaba mi padre y nos echaba.

La risa se me borró de la cara un día que me quitó una muela y me llevó arrastrando por todo el pasillo, yo agarrado a un sillón de madera de tres plazas de los de antes. Me dije, seré dentista y diré como mi padre, si no es nada, si no es nada.
En aquellos años me imagino que pertenecer al estamento militar sería un grado, pero sí que el compañerismo entre ellos era tal, que la amistad se expandía fuera del Hospital, los Carrasco, los Cías, los Uría y tantos otros que disfrutaban de sus juergas y carnavales. A su vez, los hijos de todos ellos crecimos juntos.

Se habla mucho de los rituales del término de la etapa infantil de otras culturas, pero en nuestra España de los cincuenta había que pasar por la extracción de las amígdalas y siendo militar mi padre el proceso era: Cuatro hijos, dos un año y dos el siguiente, el otorrino, el del hospital militar, en la silla articulada de la consulta, un soldado, te sentabas encima y con sus botas te trababa tus piernas, su manaza en la frente y el asesino con el espejo agujereado en el centro se acercaba con el fórceps diciendo no es nada, no es nada.

Abrías la boca para gritar y eso sí, eran rápidos, te quitaban las dos albóndigas y me imagino que por los toques anestésicos ya no podías emitir sonido alguno y además te lo prohibían. También tenía su parte buena, los dos del turno compartían la cama de los padres, nos daban helado a mansalva, una campanilla que nos peleábamos por manejar, mi hermana era menor y muy buena y la podía. Recibí un tren de madera muy pequeño con dos vagones que conservé durante años.
Durante nuestra infancia, muchos domingos, mi hermana la mayor la gobernanta nos llevaba al cine del colegio Kostka, los cuatro de la mano y sin soltarnos y a la vuelta nuestra madre nos tenía en la mesa camilla unas tortillas francesas entre pan que eran una maravilla.
Los padres tenían una gran vida social con los compañeros del hospital e iban a una casa y otra y de vez en cuando en la nuestra. Se oían las risas y las juergas y nosotros detrás de la puerta entreabierta y disputándonos el mejor sitio para mirar y cuando mi madre iba a la cocina a por más cosas salíamos disparados a escondernos.
Como un ritual, antes de irnos a la cama nos hacían entrar a los cuatro de la manita y lo de siempre, que ricos, que mayores y a veces bailábamos una muñeira que me costó mucho aprender y que despertaba los parabienes del público.
Mientras saludabas veías los alimentos encima de la mesa y nadie te daba nada, como ahora que si te descuidas, los niños dejan los platos vacíos antes de que lleguen las visitas.
Si se celebraba una comida, cuando se iba el último comensal, era oír la puerta y salíamos en estampida y arrasábamos con los restos. Ahí si teníamos permiso.
Hay recuerdos que son visuales, táctiles y olorosos, uno de ellos es la reparación de la calzada con la brea que aplicaban los operarios, una especie de carro pequeño con la masa negra olorosa que colocaban en los baches y que inevitablemente tenías que tocar cuando podías.
Los domingos a misa a Las Francesas y luego aperitivo en Molinero, cuántas veces he recordado el medio huevo duro con una gamba encima y un poquito de mahonesa. Hay cosas que no se olvidan y cuando paso por Valladolid, vuelvo.

Real Sociedad Hípica Farnesio, muy cerca del río, cuando había competición la familia se desplazaba al completo, los padres con los amigos y la chiquillería a recorrer el recinto imaginando mil batallas y aventuras. Nos colábamos por la valla y descendíamos al río y se jugaba a guerras, las chicas a las comiditas, que si pillaban un saltamontes le arrancaban las patas traseras que hacían de jamones.

Otros domingos íbamos al otro lado del río a un mesón al aire libre, con terraza y no recuerdo su situación, pero sí el juego de la rana con el que nos pasábamos las horas muertas, era una  especie de mueble metálico de color verde con la parte superior llena de agujeros, una rueda de palas que giraba y una rana verdosa con la boca abierta por donde había que introducir una moneda, si tenías la suficiente habilidad.
El hijo único del Dr. Uría, tenía televisión en el año 60-61 y yo estaba los sábados a las cuatro y media en su puerta, pues me encantaba ver la antena de radio televisión que giraba sobre si misma y el globo terráqueo cuando conectaba y empezaba la programación de la película o de Rin-tin-tin. Además tenía la colección entera de los tebeos y pulgarcitos y me encantaba ponerme a leerlos y él, venga vamos a jugar y yo, luego. Lo tenía todo, pero sin embargo no tenía tres hermanas como yo.

A la ida o a la vuelta del Campo Grande, solíamos parar en una tienda pequeña entre las calles de Santiago y María de Molina con pollitos en el escaparate y nos quedábamos a mirar.
En casa tuvimos cuatro periquitos, uno por hijo, de diferentes colores pero me parece que no vivieron demasiado felices. Unas tórtolas, algún pavo y un cabrito, pero no eran mascotas, creo que sucumbieron al hambre(nuestra) y a las festividades que teníamos.
Recordando mi infancia, pienso que fue feliz, pues aunque no nadábamos en la abundancia, sabíamos disfrutar de lo que teníamos y además no había otra. Las primeras comuniones como mi padre tenía muchos amigos del hospital, eran como bodas y la mía la hice con mi hermana Mamen, que nos chocamos la cabeza en el altar y luego lo celebramos en el Conde Ansurez, con una tarta de dos o tres pisos.

Semana Santa, silencio, velas, oscuridad, sentimiento, fervor, una noche era de mil pasos por lo menos. De la Plaza Mayor, lo que más me viene a la memoria es El Sermón de las Siete Palabras, creo que se llamaba así, yo no veía nada, el gentío era impresionante  y un niño no se enteraba de nada Las navidades muy frías y los reyes escasos.

Cuando pienso en Valladolid, pienso en el Campo Grande, dicen que es el corazón verde de la ciudad, yo creo que no, que es parte del mío que se quedó allí.

domingo, 1 de julio de 2012

2ª EDICIÓN "ESTA NOCHE TE CUENTO" - 2012 - ORGASMUS

                                                     ORGASMUS


El viaje comenzó, en cuanto hube aprobado primero de Derecho en la Complutense.
Me dirigí a la oficina de la facultad y al entrar, la señorita me indicó que me había confundido, que el Claustro estaba dos puertas más allá.

Deshecho el entuerto, le pregunté por el curso Erasmus en República Dominicana, Cuba o Brasil y se sonrió –“ Solo Europa”. Cuando salía se oían risas sofocadas, me senté en el coche y lloré.
El viaje me enseñó que no es tan fácil elegir un lugar. De inglés solo se decir Kiss FM y no creo que me valga para mucho. De alemán  solo achtung, de cuando leía “Hazañas Bélicas”.
Países nórdicos, que frío BrBrBrBr.

Italia me atrae, las velinas y las madonnas, pero ¿Dónde vas, Alejandro? ¿A competir con los gígolos italianos?.
Francia, me encanta, soy de la generación francófona, todo el bachiller estudiándolo y no conseguí aprender nada más que a leer y traducir, pero creo que podría manejarme y cantar todo el rato

                                                                    “ Je t’aime.....moi non plus.
                                                                             Je me retiens
                                                                    Non! Maintenant viens”
Iba dando saltitos por el pasillo cuando al fondo (metro y medio), mi mujer en jarras.

                                                     El viaje se acabó antes de empezar.

sábado, 30 de junio de 2012

II CONCURSO DE MICRORRELATOS ACEN - 2012 - DUDAS

                                                                                      DUDAS 
                                               
Muerta, pero mía, viva, pero de otros, no sé que prefiero, la verdad. Debería dejarte, porque el daño que me estás haciendo cuando te vas con otros y me lo dices y me lo echas en cara es tanto, que creo que mi corazón se va a romper en pedazos.

Quizás sea lo mejor, que me sigas humillando, degradando, hasta que yo muera de amor y entonces se te acabarán los triunfos y ya no podrás ganar la partida. Y tu te irás.

lunes, 18 de junio de 2012

2ª EDICIÓN "ESTA NOCHE TE CUENTO" - JUNIO - SOLO SESO

                                                                  SOLO SESO

Mi primer destino fue Las Palmas de Gran Canaria, en los 70 ,equipo de música, los bafles, cámara tomavistas de super 8, proyector y pantalla.

Una tienda de “indios” tenía películas pornos y como quien no quiere la cosa cogí una al vuelo y me la llevé en una caja de zinc.

Preparé el decorado, copitas en la mesilla, sábanas de raso y eso que yo no soy mucho de ellas porque me resbalo, menos mal que con la uñas de los dedos gordos de los pies, consigo sujetarme y que no se bajen.

La música en el salón, así habló Zaratrusta, en el capullo un lazo rosa (hoy día ni con una chincheta).
La pantalla, panorámica y el proyector en pause.
Abre la puerta, ji, ji , ja, a la piltra.
Play RRRRRRRRRRRRRRRRRRR

Una escena preciosa, música ninguna, muda, en África, sale una gacela grácil dando botes y de repente sale un león y zas.

Nosotros con las copitas en la mano y un rictus de terror en la cara. Cambió como el viento, se levantó y yo me quedé con el raso sujeto por tres puntos.
Leo el título “La Sabana violenta”, yo leí “La sábana violenta”.